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Estas últimas semanas se ha discutido mucho acerca de la dolarización, al cumplirse 20 años de su implementación. Por un lado, ávidos defensores de la medida adoptada por el entonces presidente Jamil Mahuad, han afirmado que la dolarización ha permitido tener tanto estabilidad económica como estabilidad política. De igual manera, el consumo de las familias ecuatorianas no ha sufrido cambios tan drásticos debido al control que se tendría sobre la inflación, a partir de no tener moneda propia (y por ende la imposibilidad del Estado de imprimir billetes).

Por su parte, quienes critican la dolarización, lo hacen desde el costo social que significó para muchas familias, principalmente dueñas de pequeños y medianos negocios, que se endeudaron en dólares y que, por el tipo de cambio, necesitaban de más sucres para cubrir sus obligaciones. Otra de las críticas ha sido la pérdida de autonomía del Estado en su política monetaria y la dependencia del ingreso de dólares a la economía, para que este modelo se pueda sostener.

Pero más allá de las críticas, ¿a quién le debemos que la dolarización se haya mantenido 20 años? Pues hace un par de días, en un tren del metro de Madrid, escuché una conversación entre dos mujeres entre 35 y 45 años que hablaban de sus horarios de trabajo, de lunes a domingo, en varias casas y con solo 15 minutos para ir de un lugar a otro, con apenas unos minutos en el trayecto para comer un “bocadillo” y solo descansando sábados y domingos por la tarde. Apenas tienen tiempo para ver a sus hijos, quienes a pesar de haber estudiado, aún dependen de ellas, debido a la situación compleja que se vive tanto en España como en Ecuador.

Una de ellas indicaba que tiene una hija en Ecuador y que, a pesar de que aún se encuentra estudiando, no ha sido fácil mantener la distancia entre ellas, y que otro retoño, de quien una de las madres renegaba, quiere seguir estudiando una carrera técnica antes de entrar a trabajar. Me imagino que historias como esas se han repetido desde hace 22 años aproximadamente, cuando empezó una de las olas migratorias más importantes desde el Ecuador, que llevó a que aproximadamente 3 millones de compatriotas vivan en España, Italia y los Estados Unidos, buscando las oportunidades que no tuvieron en el país.

Más que recordar, analizar o conmemorar cada 9 de enero, debemos tener presente a quienes, con su esfuerzo de lunes a domingo, pudieron sostener el ingreso de dólares tan ansiado por los funcionarios del Estado a fin de mantener la dolarización. Sin historias como las del metro de Madrid, o de algún lugar en Milán, o de algún restaurante neoyorquino, talvez hoy estaríamos hablando de otra historia, tratando de  señalar a los demonios de la dolarización y no buscando a sus santos; aunque queda claro que, de esos santos, la gran mayoría aún se encuentra realizando su magnánima labor fuera de las fronteras patrias.

Juan Francisco Camino

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